¡Un cuento rosa para niños! Eso le dijo una señora a la otra al salir de la proyección de la bellísima “El nuevo mundo”.
A la señora no le había gustado, pero no por ello dejo de encontrar la frase justa: un cuento rosa para niños…y es que, para descubrir cualquier nuevo mundo hay que ser un niño y hay que poder ver el mundo como un cuento rosa, la señora acertaba; una parte de ella sabía la verdad, otra la negaba rabiosa... quizás porque ella ya no tenía la facultad de ver el nuevo mundo, como un cuento rosa con ojos de niño, que pena por esa parte de la señora que se había hecho mayor, que pena.
Terrense Malick lo vuelve a hacer, ese licenciado en filosofía que no acabó su tesis sobre Heidegger, vuelve a ser capaz de mostrarnos el paraíso. Muestra un nuevo mundo hipnótico, onírico, alucinógeno, ominoso, de inquietante extrañeza hasta que ese nuevo mundo se convierte en el viejo mundo, en el único mundo, el mundo de dos que se convierten uno, ¡ay!, el amor, la fusión, el arribo a la costa de la tranquilidad, el sosiego, la paz, la sonrisa, la caricia, la telepatía, ¡uf! Todo se hace pesado y liviano a la vez, lento y rápido, fuerte y tierno.
Hasta que el nuevo viejo mundo desaparece y se convierte de nuevo en pesadilla de la que creemos no poder volver a salir, pero se sale, se sale...
Y la bellísima Pocahontas cruza los mares para ver el viejo mundo como un mundo nuevo y aquí se da otro fenómeno extraño, lo perdido se reencuentra en lo que ya se tenía, ¡Mi esposo, ah, mi esposo! Y de nuevo el nuevo mundo se conquista; y es que el nuevo mundo está a la vuelta de cada esquina, esperando que vayamos a su encuentro con ojos que lo hagan viejo, con ojos que lo iluminen y creen lo que ya estaba pero no existe si no lo creamos...
delirio de amor, delirio de vida, vida...
Miércoles 29, 1 a.m.
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